Gabo nació en Aracataca, adonde Sergio Silva Velázquez viajó para contarlo. Pero Gabriel García Márquez, el escritor que revolucionó la literatura en lengua castellana, nació cuatro décadas más tarde, en Buenos Aires, el día en que se publicó Cien años de soledad. En ese segundo nacimiento tuvieron un papel decisivo dos periodistas que habían comenzado sus carreras en las páginas de LA GACETA Literaria: Tomás Eloy Martínez y Ernesto Schoo.

Hasta junio de 1967, García Márquez era un escritor relativamente desconocido. Había publicado cuatro libros con limitada repercusión. Paco Porrúa, director literario de Sudamericana, recibió el manuscrito de una novela que lo deslumbró. Compartió su hallazgo con Tomás Eloy Martínez, jefe de redacción de Primera Plana, la revista que marcaba tendencias culturales en la Argentina -y en toda la región- de los años 60.

Cobertura clave

Martínez escribió la primera crítica de Cien años de soledad y organizó una cobertura que resultaría clave para la consagración del escritor. La revista dedicó su tapa al colombiano con un título que parecía desmesurado: “García Márquez: la gran novela de América”. Lo central del número era una entrevista realizada meses antes por Ernesto Schoo en México.

La historia de esa entrevista aparece reconstruida en LA GACETA Literaria 1949-2026. Schoo cuenta que viajó a México en noviembre de 1966 sin saber demasiado sobre el personaje que debía entrevistar. Antes de partir, Tomás Eloy le había deslizado en un bolsillo un pequeño libro, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Lo leyó durante el viaje y quedó deslumbrado.

Durante una semana conversó con García Márquez sobre literatura. El colombiano le habló de las lecturas que habían alimentado su nueva novela: Las mil y una noches, Gargantúa y Pantagruel, El libro de buen amor y Orlando, de Virginia Woolf. Décadas después, Schoo reconocería que a García Márquez y a Tomás Eloy les debía la mejor nota de su carrera.

Los dos periodistas tenían una historia compartida con este suplemento del que fueron colaboradores fundacionales. Tomás Eloy había publicado aquí sus primeros textos a los 16 años. En un testimonio incluido en el libro, recuerda que era para él “el único lugar posible de la literatura”. Y cuenta que, mucho después, cuando escribía reportajes sobre los narradores del boom latinoamericano, seguía preguntándose si sus trabajos le gustarían a Dessein.

Jorge Fernández Díaz reconstruye, en el libro, la relación de Schoo con este suplemento. “Había entrado sin querer en la prensa escrita gracias a LA GACETA de Tucumán, donde su viejo amigo, el mítico pero siempre vigente editor Daniel Alberto Dessein, le pedía colaboraciones. Un día le escribió una carta a Ernesto: ‘No sé si te habrás dado cuenta, pero sos un periodista’, le anunció”. Schoo se convertiría en el mayor crítico teatral de la Argentina y en uno de los más exquisitos periodistas de habla hispana.

Después del estallido

Cien años de soledad  encontró en Buenos Aires un terreno excepcionalmente fértil. La ciudad reunía una poderosa industria editorial, múltiples y efervescentes librerías, un periodismo cultural innovador y lectores dispuestos a explorar nuevas formas narrativas. Las ediciones se agotaron una tras otra. Dos meses después del lanzamiento, García Márquez visitó la Argentina -por única vez- y comprobó cómo la celebridad se apoyaba en sus hombros para nunca más abandonarlo.

Pero aquella historia no terminó en Buenos Aires. Carmen Balcells, la agente catalana que desempeñó un papel fundamental en la proyección internacional de García Márquez, también está presente en la antología. En Un año sin Gabo recuerda medio siglo de trabajo junto al escritor y la profundidad de la pérdida que significó su muerte. La gloria póstuma de García Márquez, escribe, terminó transformando parte de aquel dolor en una forma de bienestar.

Otra colaboradora histórica, Alba Omil, recuerda un encuentro con Gabo en un hotel de México. Lo había conocido en Mérida en 1967, el año de su boom,  durante un congreso de literatura iberoamericana. Años después volvió a encontrarlo, envejecido y solitario, en el bar de un hotel. Cuando le recordó aquel encuentro, García Márquez la reconoció y la abrazó. Hablaron de sus libros y de la extraordinaria potencia de su lenguaje.

Carmen Perilli, por su parte, se detiene en las distintas vidas del escritor: la pública, la privada y la secreta. Su artículo, publicado en 2022, aborda las revelaciones sobre una hija de García Márquez y reflexiona sobre las relaciones entre su biografía, los mitos familiares y su universo literario.

Son miradas diferentes sobre una misma figura. Las del descubrimiento, la consagración, la intimidad y la posteridad. Todas confluyen en las páginas de un suplemento que nació en Tucumán cuando García Márquez tenía 22 años y todavía estaba muy lejos de imaginar que las historias de un pequeño pueblo, que era y no era el suyo, terminarían conquistando el mundo.

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